Voces desde el Museo de las Constituciones

Anatomía del encierro: pasando el primer año de la pandemia

Tal vez la “nueva normalidad” nos haga ser más empáticos y solidarios con los problemas de los demás

Autor: Ichiro Arellano García

Es difícil creer que un pequeño bicho transformó nuestra vida de manera tan radical. ¿Quién se hubiera imaginado hace tres veranos el encierro, la enfermedad y todas las condiciones con las que estamos obligados a convivir ahora? 

Podemos hablar de una época antes del COVID, en la que ni siquiera nos hubiéramos planteado la idea de la sana distancia y el uso de cubrebocas, pero ahora quizá sea hasta difícil pensar en una realidad sin ellos.  

Cada persona tenía una rutina, a la que se apegaba con más o menos cariño, pero se ha transformado, tanto por los derechos que no hemos ejercido, como por las oportunidades que se han generado. Y no es que se haya reformado la constitución para quitarnos los derechos, es que en muchas ocasiones tocó escoger entre ejercer uno, o conservar la salud. 

Salir por la mañana y juntarse con decenas de personas en el transporte para llegar a la escuela o al trabajo se ha convertido en una actividad de riesgo. Cualquier estornudo, tos e incluso el mero acto de hablar, ahora representa que esa persona nos puede contagiar.

La educación se volvió digital, y en el punto más crítico de la pandemia —hasta ahora—, muchos de los empleos cuyas actividades así lo permitían, han transitado al trabajo en casa, con buena aceptación por parte de algunos empleados, mientras que para otros la situación ha traído jefes abusivos y horarios inexistentes. 

Y aunque la tecnología innegablemente ha ayudado a tener cierta continuidad en nuestras actividades, no ha sido una solución absoluta: la deserción escolar en la UNAM durante 2020 fue 229% más alta que el año anterior, con 7 700 alumnos suspendiendo sus estudios. Tomando en cuenta que esta universidad tuvo inscritos a poco más de 366 000 alumnos en el ciclo 2020-2021, significaría que 1 de cada 50 ya no está en las aulas. 

Aunque a nadie se le ha negado su derecho a estudiar, resulta evidente que quien no tiene una computadora o algún dispositivo para tomar clases de manera digital, se ve afectado.

La cultura también ha recibido un golpe. Los museos, cines, salas de conciertos, etcétera, se vieron obligados a cerrar y eso ha sido un episodio del que no todos se han recuperado. Según cifras del Consejo Internacional de Museos (ICOM), que encuestó a trabajadores de 1 600 museos alrededor del mundo, casi el 95% de los museos encuestados cesaron sus actividades durante 2020. 

Entre los encuestados de la región de América Latina, 81% de los museos redujeron sus programas, y un 12% cerró de manera definitiva.

Otro cambio más que evidente ha sido en el derecho al acceso a los servicios de salud: el personal hospitalario se ha visto rebasado en distintos momentos de la pandemia, y por la prioridad de los casos de COVID-19, incluso se dejaron de atender otras enfermedades.

A las poco más de 236 000 defunciones por COVID-19 estimadas para marzo de 2021, pueden sumarse las que no se registraron, porque las personas, o bien eran asintomáticas y no se realizaron la prueba —por lo que no entraron en la estadística—, o bien, ni siquiera llegaron al hospital. 

Pero hay otra cifra importante: las más de 122 000 personas fallecidas por falta de atención a diversas enfermedades por la prioridad que se dio a la emergencia sanitaria. Aunque el miedo de tener que ir a un hospital por cualquier motivo y ser contagiado ahí mismo de COVID-19 seguramente también influyó.

Al final, sobrellevamos este año de encierro —quienes pudimos encerrarnos— con la esperanza de que, una vez que estuviera lista la vacuna contra el virus, podríamos retomar nuestras vidas donde las dejamos, pero quizá no será así. 

Con apenas una fracción de la población vacunada, parece que falta bastante tiempo para regresar a las actividades con cierta seguridad, y cuando eso pase, no seremos los mismos. La pandemia nos ha causado pérdidas y malestar, pero al mismo tiempo, nos ha permitido ampliar nuestra perspectiva sobre cosas que considerábamos “normales”. 

Tal vez, esta llamada “nueva normalidad” nos haga ser más observadores con nuestro propio entorno y más empáticos y solidarios con los problemas de los demás: quizá nunca fue “normal” que un estudiante dejara la escuela por falta de recursos, o que una persona muriera porque no había cama en un hospital, pero lo ignorábamos. 

Y no ha sido hasta ahora, que el mundo entero se está sacudiendo, que nos detuvimos a pensar en ello. 

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