Cuando la abuela faltó en Navidad

  • Ella con sus palabras sabía hacer volar a la gente hasta el lugar mismo de las narraciones
  • El corazón de un niño tiene ganas de que sus abuelos sean eternos

Autor: Víctor Armando López Landeros

Víctor Armando López Landeros es doctor en Derecho, maestro en Ciencia Política y licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM. Cuenta con 25 años de trayectoria en medios escritos y electrónicos. Actualmente dirige el portal www.lapaginanoticias.com.mx.

En los surcos de su piel había millones de historias. Le gustaba compartirlas sentada a su mesa de madera, esa que apuntaba a través de un ventanal a la inmensidad de su vieja casona. Con su nacarada sonrisa las dividía para irlas contando.

Ella con sus palabras sabía hacer volar a la gente hasta el lugar mismo de las narraciones. Yo era su infaltable escucha y aprendiz. Cuando llegaba la Navidad era de gran alegría, pues estaríamos juntos y comeríamos un poco mejor: un jamón a la virginia, que no era más que un trozo de un kilo de jamón al que se le hacían unos orificios para llenarlos con cerezas, adornado de rebanadas de piña. Para luego pasar a ese horno de lámina que se posaba sobre leños y carbón.

En lo que ese gran manjar se cocía, venían las historias, como esa del día que nadó junto a una sirena; o cuando tuvo que atender a los heridos de la Guerra Cristera; así como sus viajes en tren y sus extraordinarios paisajes.

Mi emoción era inmensa en cada palabra que ella expresaba. Mientras que “Pepe” (su gato blanco, viejo y siempre fiel) también le ponía atención, sentado en el borde de la ventana. El escenario también contaba con un árbol navideño que no pasaba de 30 centímetros y una vela roja adornaba la apolillada mesa de madera, que era para cuatro personas, pero sólo éramos ella y yo.

Y la gran cena estaba lista, un cuchillo se perdía entre el humo que se levantaba al cortar el jamón, la inocencia me decía que todos los niños y sus familias cenarían lo mismo que nosotros. Lejos estaba de imaginar las situaciones de bondad y crueldad que se viven, aún en tiempos en que debe existir armonía, unidad y perdón.

Recuerdo bien que cuando sus manos se posaban en mí para acariciarme, se abría un universo de amor. Y es que la presencia de las abuelas en la mente de los niños les hace el corazón más dulce y más fuerte, y a los pies les nacen alas y se convierten en guerreros. 

Hasta los diez años tuve la dicha de estar con ella, un siete de septiembre dejé de disfrutar sus historias. Siempre anhelé, incluso por mucho tiempo lo pregunté, que hubiese una pastilla para que las personas volvieran a la vida, pero nunca hubo respuesta. Y es que el corazón de un niño tiene ganas de que sus abuelos sean eternos.

De septiembre a diciembre cada paso, cada respiro, fue de ausencia. ¡Ya no escucharía más su risa! Ya no navegaría en sus ojos de miel. Nunca me acostumbré a estar sin verla. Llegó la Navidad y su lugar estaba vacío, al igual que su casa. La situación de la mente y el corazón en ese momento eran un diluvio. Ahora sólo recuerdo que cuando ella faltó… todo fue nada. 

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