Frustración y redes sociales

• Fuera de la realidad virtual, satisfacer el deseo de aprobación puede malograrse y traer como consecuencia la frustración.

Autor: Juan Porras Pulido

“¿Cuántos “me gusta”, cuántos iconos de corazón o de pulgar alzado han obtenido mis publicaciones de hoy?”

Esta pregunta representa la inquietud cotidiana de muchos usuarios de redes sociales, que esperan la aceptación y el reconocimiento de otros internautas.

Fuera de la realidad virtual, satisfacer el deseo de aprobación puede malograrse y traer como consecuencia la frustración. Las redes nos ofrecen recursos para construir una autoimagen a modo, la cual parece contar con mejores posibilidades de reconocimiento. Las aplicaciones sociales prometen soluciones fáciles e incluso divertidas a los dilemas de estima e interacción.

La frustración no obedece únicamente a los deseos no satisfechos, sino a la creencia de no haberlos satisfecho. El desconocimiento que muchos individuos tienen de sí mismos, los lleva a querer cubrir estándares físicos y de personalidad que no necesariamente se corresponden con su modo de ser.

Las soluciones en redes, para aparecer conforme a ciertas normas de apariencia física, moral o conductual, en su facilidad operativa entrañan nuevas fuentes de frustración.

¿Por qué es así? Por una parte, el cumplimiento de la expectativa de los otros se modela con base en el ensayo y el error, con pequeñas y grandes frustraciones que terminan por ofrecer una construcción del “sí mismo” alejada de la coherencia entre el decir y el hacer, o entre la motivación genuina y la experiencia generada. Queda la frustración de experimentar una presencia en el mundo –real y virtual– incompleta, alterada.

Por otra parte, las redes sociales son el espacio de las posibilidades infinitas. Sabemos que en ellas es muy posible “gustar” con un comentario inteligente, con una fotografía atractiva, incluso con un ataque discursivo que nos haga aparecer como ganadores en medio de una polémica. 

Cada like puede ser una pequeña o gran satisfacción, dependiendo de quien lo emita. Pero la abundancia de posibilidades, en la expresión y en la recepción de mensajes, es problemática. En el flujo continuo de informaciones, no es raro caer en la emocionalidad incontrolada que se traduce en el uso inapropiado, a veces violento, de textos e imágenes.

El desconocimiento del “sí mismo”es la condición sine qua non para el abandono a las emociones, a las pasiones. En las redes, este abandono –que es, a fin de cuentas, la ausencia de límites– termina por provocar malestar.

El ser humano es “insaciable” en sus ambiciones y deseos. Sin una regulación exterior –que aparece tímidamente frente al dinamismo de los recursos expresivos e interactivos en redes– los deseos de reconocimiento y aceptación no sólo se incumplen, también se fragmentan en otros micro-deseos dirigidos a la autoafirmación, a la seducción o a la agresión. Todo ello representa un estado permanente de sobre estimulación, de inquietud y, ciertamente, de frustración.

La frustración es inevitable en nuestras vidas y, sobre todo, es necesaria para estructurar adecuadamente nuestras experiencias y vivencias, en los planos físico, mental, emocional y social. Pero su intervención no debe ser constante, sus incidencias deben subyacer al equilibrio entre los deseos y una prudente observación de límites. El auto conocimiento, apuntalado sobre bases formativas sólidas, es la única vía para comprender y gestionar activamente este equilibrio, en la realidad virtual y fuera de ella.

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