Justo Sierra y José Vasconcelos, la continuidad de un proyecto: la Universidad Nacional

  • La Universidad Nacional Autónoma de México se fundó el 22 de septiembre de 1910
  • Creada por el poeta, filósofo, historiador y abogado Justo Sierra durante el final del porfiriato

Autora: Leslie Casales

Fotografía: Delegados universitarios extranjeros que acudieron a la inauguración de la Universidad Nacional. Al centro y sentado, Justo Sierra. Tomada de La Universidad Nacional de México 1910, (edición facsimilar), México, UNAM-Coordinación de Humanidades-CESU, 1990, s/p.
Leslie Mariana Casales Torres es tesista de la Facultad de Filosofía y Letras UNAM, donde es pasante de Filosofía. Su línea de investigación (estudio) es Filosofía mexicana y política. También es alumna de la Facultad de Derecho de la UNAM.

El 22 de septiembre de 1910 el poeta, historiador, filósofo y abogado Justo Sierra pronunció en su discurso durante la inauguración de la Universidad lo siguiente: “Me la imagino así: un grupo de estudiantes de todas las edades sumadas en una sola, la edad de la plena aptitud intelectual, formando una personalidad real a fuerza de solidaridad y de conciencia de su misión”. Lo que durante treinta años había planteado el filósofo mexicano en términos de educación, por fin se materializaba con la fundación de la Universidad Nacional. 

Cuando el país se gobernaba bajo el lema “Orden y Progreso” y mantenía una búsqueda insaciable hacía la modernidad, Justo Sierra reconoció una relación dialéctica entre Estado y Nación, por lo que, si se pretendía un progreso nacional efectivo, éste, sólo sería asegurado a través de la enseñanza. El orden, llegaría implícitamente con la educación, por ello, sería obligación del Estado proporcionarla de forma gratuita, sin olvidar que esta debía llegar en armonía e igualdad a los ciudadanos. Siendo así, la máxima muestra de integración de la población a un proyecto de construcción nacional.

Para alcanzar tal objetivo de progreso, Sierra, procurando el desarrollo integral del estudiante, tomó en consideración el ámbito intelectual, físico, estético y ético justificando que es aquello lo necesario para consolidar al hombre en todo sentido. Bajo esta perspectiva educativa era posible esperar un mexicano que cuidara y diera orden a su entorno. Es este tipo de hombre el que procuraría en un futuro el porvenir y progreso de otros mexicanos. 

Fotografía: Fondo EACh0419, Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

El plan educativo que Sierra promovió tenía en un inicio carácter positivista, guiado por el método de la duda y la investigación, esto implicaba automáticamente un programa laico, dejando a las ciencias naturales y físico-matemáticas como protagonistas del sistema educativo; sin embargo, el ejercicio estricto del positivismo alejaba al hombre de otras circunstancias sociales que le rodeaban y de las cuales era preciso encargarse.

Es en el discurso de 1910 de la inauguración de la Universidad donde el maestro Sierra incluye el estudio de lo que hoy conocemos como ciencias sociales resaltando la labor del filósofo. Sin embargo, al aceptar la ciencia estricta en el proyecto de educación dejaba una semilla de incertidumbre ¿la sociedad cambiaba de dogma religioso a uno científico?

No hay duda de que la acción que contribuyó a la reforma del pensamiento de nuestra nación se ve reflejada en el proyecto Universidad Nacional de México donde dichas ideas de conocimiento, ciencia, progreso y amor quedan consolidadas. 

Sierra reconoció en su plan educativo un proyecto que más allá del orden y progreso, un plan que iba dirigido hacia una unidad nacional, un medio para la dignificación de la nación mexicana, en donde el gobierno por medio del servicio de la educación reconocía a quien le da identidad a México: el pueblo.

En dicha institución educativa se depositarían las facultades intelectuales que el gobierno no debía dirigir, pues dicha acción era infructífera. Sierra sembraba con esta propuesta los primeros pasos de la autonomía y la libertad de cátedra, y con ello el inicio de la libertad mexicana. 

Fotografía: Fondo CU-5702, Archivo Histórico de la UNAM-IISUE.

Desde ese momento, el estudiante de Universidad Nacional comenzaría a involucrarse en la vida política-social de su nación, generando respuestas a las problemáticas que acontecían en su patria. Esto sería lo que Sierra define como nacionalizar la ciencia, mexicanizar el saber. La educación del pueblo se vería recompensada en acciones para el pueblo, con ello se demostraba un gobierno eficaz y una fuerte relación con la nación. El sentido del pasado debía ser considerado para la evolución, las acciones del presente debían su efectividad a los hombres de la inmediatez y por qué no, a los hombres del futuro.

Sin embargo, la crítica al sistema positivista que Gabino Barreda y Justo Sierra habían planteado 30 años antes llegaría con las ideas del Ateneo de la juventud, especialmente con las obras de José Vasconcelos. La educación mexicana necesitaba responder a nuevas circunstancias, el positivismo limitaba lo que el Maestro Sierra defendía: el progreso y la propia educación popular. 

José Vasconcelos planteó la liberación del dogma empirista que había sembrado el positivismo y que guiaba la formación académica de esos días, dicha liberación no sólo implicaba al ámbito intelectual sino el cultural que representa lo espiritual de una nación, la misión iba más allá del aula y la tarea no correspondía exclusivamente al alumno, sino que involucra directamente al profesor.

En palabras de Vasconcelos de esta circunstancia dependía la ética del estudiante y con ello su relación con su semejante. “L​as grandes transformaciones de los pueblos determinan un violento impulso hacia adelante en que coinciden el despertar moral, la rebelión política y la renovación de las ideas​”. 

No se podía esperar menos de la propuesta de Vasconcelos, la educación que formó al mexicano en el empirismo, excluía el conocimiento adquirido de la cultura mexicana y se elevaba a la imitación anglosajona, dicha imitación en un intento de falso progreso, orillaba al mexicano a rechazar su historia y con ello la esencia que define a la nación, la unidad se desintegraba, necesariamente se debía recurrir a una revolución intelectual.

Vasconcelos aceptaba que no se tenía que aprender desde cero, y mucho menos se debía rechazar la influencia extranjera que ya se había recibido, la tarea del cultivador consistía en guiar y reformular ambas fuentes de conocimiento, de la nacional, se esperaba la realidad y un objetivo, de las corrientes extranjeras se debía tomar lo que reafirmará el sentido nacional y sobre todo la autonomía, que daba oportunidad de escribir un nuevo capítulo en la historia de una nación.

La Universidad como semillero de ideas germinadas debía ser la máxima fuente de consejo del Estado pues es ahí donde radica la universalidad de pensamiento, donde el compromiso se vive realmente y la unión de una nación cobraba sentido. El pensamiento de Vasconcelos correspondía dignamente a las ideas de su antiguo maestro Justo Sierra, que visualizaba a sus estudiantes formando una personalidad real, a fuerza de solidaridad y conciencia de su misión. Sin dudarlo, Sierra confiaba en su proyecto y con ello en su mejor elemento: el alumno.

José Vasconcelos, criticando, pero no rechazando las obras del maestro Sierra, continúa de una manera ejemplar su empresa, libera de manera espiritual al pueblo sumiso ante las condiciones heredadas de un régimen porfirista. Es innegable que la educación, el reconocimiento y la dignificación del pueblo mexicano, brindarían libertad a una nación subordinada, expuesta a vejaciones y abusos constantes. Al menos esta fue la intención de la educación como propuesta para el Estado, en ambos intelectuales, ya que es en mayor parte lo que define el carácter de un país. Esta visión se ejemplifica en José Vasconcelos con la creación del escudo universitario y el lema “Por mi raza hablará el espíritu”, elementos que destacarían la identidad de la Universidad Nacional. 

La diferencia entre ambos procesos radica en el contexto. Justo Sierra se vio de muchas maneras limitado para continuar con su empresa educativa, las revueltas eran amenazas constantes, la actividad política y económica dependía de relaciones únicamente dictatoriales, mientras que el contexto de Vasconcelos precisaba de líderes intelectuales dispuestos al sacrificio para rescatar a una nación herida.

Si en algún momento Justo Sierra sembró en México el carácter positivista que predominaba en países anglosajones y con ello la imitación, se reivindicó con el proyecto de Universidad Nacional, nos dice Sierra a los universitarios: “No podremos, moralmente, olvidarnos nunca ni de la humanidad ni de la patria”. 

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