Reivindicación de la autarquía

  • En el pensamiento clásico griego, el objetivo último de la filosofía era el cultivo de la virtud
  • Los cínicos mediante la observación de los animales, veían en ellos símbolos poderosos de autosuficiencia

Autor: Rodrigo Pérez Olvera

Rodrigo Pérez Olvera recientemente se tituló de filósofo con mención honorífica en la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL) de la UNAM. Su interés radica en estudios interdisciplinarios entre filosofía, economía, ecología, política, tecnología y arte. Ha participado en diversos congresos de filosofía en México y Latinoamérica. Desde 2015 se dedica a la difusión cultural con la Editorial Letras Vivas.

El cinismo en nuestros días ha cobrado un significado coloquial, se le entiende como desvergüenza, lo cual no deja de ser verdad para aquellos pensadores antiguos que se atrevieron a hacer virtuoso el uso de la desvergüenza. Esta herramienta era muy útil para mostrar el valor que, en realidad, tenían las leyes: convenciones sin una necesidad intrínseca.

En el pensamiento clásico griego, el objetivo último de la filosofía era el cultivo de la virtud, ya sea recordando o aprendiendo, según la escuela. Cosa distinta a nuestros días, en los cuales la filosofía ha perdido en cierta medida su capacidad formativa en razón de su capacidad crítica. El cínico, con la desvergüenza como arma, colocaba la práctica por encima de cualquier elucubración teórica, Antístenes fundador de la escuela, decía: “Que la virtud está en los hechos, y no requiere ni muy numerosas palabras ni conocimientos […] Que el sabio vivirá no de acuerdo con las leyes establecidas, sino de acuerdo con la de la virtud”.

Monumento a Diógenes de Sinope.

Hay en el pensamiento cínico, una revaloración de la naturaleza por sobre la ley. Diógenes de Sinope, el más famoso de los filósofos-perros, se esforzó en exceso por mostrar cómo las normas sociales surgen a partir de consensos o convenios y se heredan, llegando a tal punto que las leyes son reproducidas aunque no sean las más convenientes. 

Esta desvalorización de las costumbres generó la desvergüenza cínica como una consecuencia lógica y, como sello característico de su pensamiento, desde la perspectiva de la polis desvergonzadamente se pasaba por alto las normas, pero desde el punto de vista cínico no hay vergüenza ni desvergüenza, sólo actos naturales que sobrepasan en importancia y urgencia a las leyes, al respecto dice Diógenes Laercio: “Voceaba a menudo que los dioses habían concedido a los hombres una existencia fácil, pero que ellos mismos se la habían ensombrecido al requerir pasteles de miel, ungüentos perfumados y cosas por el estilo”.

Para el cinismo, el problema viene con las ciudades y la civilización, con la imposición de normas sociales arbitrarias. La existencia gratuita no era privilegio de los humanos. Los cínicos mediante la observación de los animales, veían en ellos símbolos poderosos de autosuficiencia o autarquía que adoptaban en sus propias prácticas en forma de sencillez.

La sencillez no les llegaba de golpe, era algo que se tenía que trabajar y que posibilitaba la desvergüenza de su actuar. Una anécdota en particular refleja la relación de la sencillez con la autarquía: “Algunos le adjudican también la anécdota de que Platón, al verle lavar unas lechugas, se le acercó y en voz baja le dijo: «Si adularas a Dionisio, no lavarías lechugas». Y él respondió igualmente en voz baja: «Y si tú lavaras lechugas no adularías a Dionisio»”.Diógenes no necesita alabar a Dionisio porque lava lechugas, la sencillez de un acto lo libera de la complejidad ritual de una norma social.

La sencillez era una constante en la vida cínica, a manera de entrenamiento se forzaban a bastarse con lo menos, cada vez que lograban depender menos de algo, el júbilo del cínico era evidente. Se cuenta que al descubrir a un niño bebiendo agua de sus manos abandonó su copa y que al descubrir a otro niño comiendo con la parte cóncava de un pan, tiró su plato. Así se entrenaban a bastarse a sí mismos, en contraste con la ciudad que generaba individuos co-dependientes entre sí y a cada vez más objetos.

El entrenamiento cínico no pasaba únicamente por la sencillez, solían desplazarse entre extremos para forjar un cuerpo y un espíritu resistente a las adversidades. Esto debido a que una vida de sencillez tiene exigencias que no pueden ser satisfechas desde la perspectiva civilizatoria. Allí donde un hombre construiría una casa, el filósofo-perro ocupa un lugar abandonado; donde hace frío un humano común busca acabarlo con abrigos, el cínico se quitaría la playera y abrazaría una estatua; allí en el calor lacerante de una playa, un hombre buscaría unas sandalias para no quemarse los pies, pero un cínico rodaría sobre la arena.

Ante la habituación de los rigores, el cínico forjaba un carácter templado y listo para cualquier circunstancia que se le presente, esa es la razón de pedir limosnas a estatuas. Habituarse al fracaso no es más que una forma de triunfar en el camino a la virtud. La filosofía del cínico ofrecía como recompensa la autosuficiencia que se traduce en el dulce olor de la libertad. 

El cinismo hoy

¿Qué tan pertinente es traer en nuestros días la filosofía del perro? Me parece que la autarquía ha quedado relegada a los libros de historia como un concepto más, sin entender el alcance que podría tener en nuestros días.

Es decir, nuestra contemporaneidad se caracteriza entre otras cosas por una dependencia material y existencial a las tendencias tecnológicas. Sin aparato que te permita estar conectado a Internet, quedas al margen de la sociedad virtual que se está gestando, lo cual en apariencia no es la gran cosa, pero el asunto estriba en que es ya parte de nuestra identidad como individuos.

Apostar a la autoformación es razonable en tiempos en los que el sujeto parece ser arrastrado por las tendencias tecnológicas, económicas y sociales. Elegir cómo quiere ser uno, no debería ser inconveniente; sin embargo, la autenticidad de las identidades sociales se balancea entre todo lo que no controlamos como individuos y es que tampoco hay existencia lejos de las formas colectivas que nos moldean: sin técnica no hay ser humano.

En tiempos donde el consumo es impuesto como norma de vida, bajo el que debemos guiar nuestras acciones y futuras decisiones, la autosuficiencia del cínico resuena como un eco olvidado en la memoria colectiva. ¿Qué haría el intempestivo Diógenes ante una fila de ansiosos compradores en espera del último Smartphone? ¿Cómo morder con palabras a aquellos con el esquema de su vida bien armado, cuya ambición es conseguir un trabajo estable en unos metros de cubículo para disfrutar una semana de vacaciones al año y fines de semana de cerveza y televisión? ¿Qué haría Crátes con Facebook o Hiparquía con Tinder?

Me parece que es necesario y urgente repensar el cinismo, más como una dolorosa medicina a los problemas de nuestro tiempo, que como problema académico. Habría que volver a asumir el papel del perro marginado arriesgándose a las patadas y al desprecio. En mi opinión, una forma de generar resistencia sería adoptar las formas de dominación vigentes como redes sociales, aparatos, ropa, autos, casa, etcétera, y cambiarles la acuñación modificando la legalidad vigente, no sin antes someternos a nosotros mismos al entrenamiento físico y espiritual con todas sus exigencias propias de la sencillez y el autodominio. En suma, reivindicarle a la filosofía su capacidad curativa y práctica.

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